Ferragosto en el Raval

En el verano de 2016 cunde la alarma entre los medios de comunicación por el creciente tránsito de drogodependientes en la Ciutat Vella. Desde entonces, un nuevo concepto se instala en el vocablo de muchos barceloneses: el narcoturismo. El Ayuntamiento niega un regreso de la heroína y las estadísticas son incapaces de rastrear el origen y las motivaciones de los extranjeros que consumen a diario en pisos vacíos del Raval. ¿De verdad engancha tanto Barcelona a los yonkis europeos?

Javier Íñiguez De Onzoño y Míriam Monfort

Decenas de trapos rojos cuelgan de los balcones del Carrer d’en Roig, en pleno centro del barrio del Raval. Pasan casi inadvertidos, camuflados entre la ropa tendida y los toldos de las calles más angostas del casco antiguo. Es la protesta silenciosa de los vecinos ante un fenómeno que ha dado una cobertura negativa al barrio en los últimos años.

En la calle d’en Roig coexisten varias viviendas vacíos destinadas al consumo de heroína. Hasta hace un año, en el número 22 había hasta tres narcopisos. Jacinto Estévez, propietario de un bar en calle D’en Roig, calcula que el fenómeno empezó a extenderse a partir del verano de 2016. Desde su bar Xironda Orense, situado junto al número 22, ha comprobado en primera persona la decadencia de la zona: “Hace un año que empezaron a llegar muchos yonkis, la mayoría italianos”, afirmaba en declaraciones a El País.

Aunque no hay datos oficiales que permitan cuantificarlo, las asociaciones y los vecinos sostienen que la mayoría de los narcoturistas son europeos, sobre todo italianos, británicos y de Europa del Este,  Abundan los italianos porque su país tiene una de las legislaciones más estrictas contra la drogadicción dentro de la Unión Europea. En 2006 se eliminó la restricción entre drogas blandas (marihuana o hachís) y las duras (cocaína o heroína).

Gran parte de estos italianos vienen a hacer su Ferragosto (fiesta italiana que se celebra durante el mes de agosto en la que sus habitantes suelen ir a zonas de montaña o playa) a Barcelona. Los viajeros recurren a la capital catalana sobre todo en verano, atraídos por una mayor facilidad para conseguir droga. “En algunos narcopisos el chute de heroína baja de los diez a los tres euros”, aseguraba a El Periódico un representante vecinal.

Una crónica de El Periódico mostraba la historia de dos drogodependientes italianas. Una de ellas recurrió a la heroína tras quedarse sin recursos en la calle. Corresponden a un perfil socioeconómico medio-bajo del turista mochilero o back-packer. Muchos consiguen el dinero de la dosis mendigando por las calles, o hurtando a turistas por las callejuelas de Ciutat Vella.

“No se sabe bien el tipo de droga que más se consume”, admite Ángel Cordero, miembro de la asociación vecinal AccióRaval. De acuerdo con el último estudio del Observatorio Europeo de las Drogas y Toxicomanías, Barcelona es la líder europea en consumo diario de cocaína (965 miligramos por cada 1000 personas al día), aunque Zurich le adelanta durante los fines de semana.

Fuera del circuito de los barrios marginales del centro, es frecuente encontrar numerosos puntos de droga en discotecas conocidas de la ciudad. Sin embargo, en este caso sería asimismo inexacto hablar de narcoturismo: estos extranjeros tienen otras motivaciones para visitar la ciudad.

En Barcelona coexisten varios elementos que la convierten en foco de atracción para potenciales consumidores de drogas. En primer lugar, la visión de España como garantía de libertades sociales, o de Barcelona como una ciudad propensa a la fiesta nocturna. “El narcoturismo está vinculado a un modelo de ciudad que se está vendiendo hacia el exterior”, afirma Ángel Cordero. Algunos vecinos confirman que existe un repunte de la actividad delictiva en verano. María es vecina de la calle Joaquim Costa, otro de los puntos conflictivos del Raval. “Yo llevo aquí desde los años sesenta. En mi bloque de edificios solo quedamos dos vecinos originales: nosotros y otra familia”, relata.

En el plano económico, vecinos y Ayuntamiento culpan a la especulación inmobiliaria surgida tras el estallido de la crisis financiera. La recesión provocó un abandono de ciertos solares que fueron rescatados por fondos buitres y aprovechados por los narcotraficantes para establecer sus negocios clandestinos. Según Cordero, debido a la falta de reacción de las autoridades se restablecieron las redes de la droga en un barrio tradicionalmente conflictivo. “Rápidamente se corrió la voz entre los consumidores. Las entidades vecinales nos hemos encargado de denunciarlo pero solo ahora se ha empezado a trabajar”, explica.

El portavoz de la Asociación Illa RPR (Robador-Picalquer-Roig), también cree que se ha generado un efecto llamada. “Para algunos, su verano consiste en drogarse. Lo que ganan durante el año se lo chutan. Después se encuentran con que se les acaba el dinero, ¿y qué hacen? Robar para poder pagarse los chutes”. El portavoz, conocido como Carlos d’en Roig por los medios, prefiere que no trascienda su apellido para evitar problemas con los narcotraficantes.

Las redes juegan un papel fundamental para atrapar a potenciales clientes. Según Ángel Cordero, se detectó la existencia de una página web ya retirada que indicaba puntos donde poder comprar estupefacientes. Este mercado online supera incluso las barreras tecnológicas de la deep web. “Los Mossos nos han confirmado que existen apps de narcoturismo”, confirma Cordero. A pesar de todo, aún es común la venta callejera en lugares concurridos, incluso a plena luz del día. Ocurre así en emplazamientos como la plaza de Vicenç Martorell o en  la misma rambla del Raval. A la mayoría de narcopisos sólo se puede acceder a través de ‘relaciones públicas’ que se promocionan a plena luz del día, o con el aval de una persona que ya conozca el establecimiento o sea de confianza.

Los vecinos se quejan de que la policía conoce perfectamente la situación de los establecimientos y que tardan mucho en actuar. La Guardia Urbana y los Mossos se defienden: afirman tener las manos atadas en cuestión de redadas hasta que llegue a gestarse una orden judicial que les permita acceder a los pisos. Mientras tanto, los vecinos tienen que lidiar con el tránsito de personas y la inseguridad o insalubridad que generan.

 

Un paseo por las Ramblas: turismo y marihuana en la Ciudad Condal

 

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Un hombre con una sonrisa demasiado amable para ser sincera y con la convicción de un vendedor nato, se acerca sistemáticamente a los transeúntes y les susurra “¿Coffee shop?”. Si la respuesta es afirmativa, se embolsará una comisión de entre 5 o 10 euros de la asociación cannábica a la que lleve al futuro socio. Según la normativa actual no se puede acceder a una asociación sin previa invitación de un socio amigo. El objetivo de esta medida es evitar el acceso indiscriminado a los psicotrópicos que se venden en estos establecimientos; la marihuana y el hachís u otras substancias derivadas del THC.

Un grupo de jóvenes de nacionalidad extranjera y cara de vacaciones se muestran interesados. Uno de ellos sonríe y celebra haber encontrado lo que andaban buscando. El vendedor indica que le sigan. Los llevará a alguno de los clubs cannábicos que operan de forma ilegal y que facilitan el derecho a ser miembro y la posibilidad de compra a cualquiera. Algunas incluso se promocionan por internet. Existen páginas como Webehigh, Greenlive o Cannabis Barcelona que recogen una selección de los mejores clubs de la ciudad. Este verano una campaña contraria a estas prácticas de la administración de Ada Colau, en Ciutat Vella, concluyó con el cierre de 46 asociaciones, dejó 7 en proceso de cierre y 8 en vigilancia.

Nada de esto impide que Barcelona ocupe una posición en múltiples ránkings de las mejores ciudades para consumir marihuana de forma legal en el mundo, un puesto por delante de Ámsterdam. Los mayores grupos de asociaciones cannábicas de Cataluña, como Fedcac o Catfac -que integran un total de 60 agrupaciones de las 400 que hay en Cataluña-, piden un nuevo reglamento que reconozca legalmente el modelo que rechaza el lucro y el turismo. Una nueva legislación sacaría a estas entidades de la alegalidad. Según Albert Mayol de Fedcac, en declaraciones a La Vanguardia: “Hay turismo cannábico por falta de regulación. Se percibe la sensación de que todo vale”.

La regulación legal de la marihuana supondría el fin del cierre constante de asociaciones que tratan de respetar la normativa y una mayor facilidad para identificar las que no la cumplen, afirma Mayol. Además, adquirir drogas de una asociación requeriría un proceso más complejo que dar un paseo por las Ramblas, coinciden Fedcac y Catfac. La regidora del distrito, Gala Pin, declara que también defiende “tolerancia cero hacia esta actividad ilegal, que no va enfocada al consumo apto para la salud, sino a la búsqueda del lucro, en parte mediante  la captación de turistas”. Sin embargo,  fuentes policiales aseguraron a La Vanguardia que en Ciutat Vella no decae la proliferación de asociaciones cannábicas dirigidas a la venta ilícita para el turista. La mayoría de ellas sin licencia y  pese a no tener permisos llegan a operar hasta un año antes de ser cerradas.

 

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