Barcelona busca cómo sobrevivir al éxito

Domingo Sánchez

Barcelona ha sido referente mundial del turismo durante décadas, especialmente tras el éxito de la Olimpiada del 92. Era capaz de atraer a un público joven y deportivo interesado en festivales y actividades al aire libre a la par que a otro más adulto enfocado en actividades culturales de diverso tipo. Un target de universitario culto interesado en la historia se intercalaba de manera armónica con un público más familiar que buscaba sol y playa.

La ciudad supo aprovechar el clima mediterráneo, su rico y prolongado acervo cultural, su situación privilegiada entre mar y montaña para adquirir una posición hegemónica entre los destinos turísticos. Si esta imagen de ciudad se agitaba convenientemente con la sofisticada cultura y gastronomía catalanas y el carácter cálido y abierto de los españoles, surgía un cóctel imbatible. La marca Barcelona. Su resultado han sido miles de puestos de trabajo e ingresos que revierten en mejorar el modelo de ciudad y la calidad de vida de sus habitantes. La ciudad ha dejado de ser un mero destino vacacional para convertirse en un icono de la modernidad donde muchos extranjeros anhelan residir.

Desde hace menos de una década, este modelo de éxito ha entrado en crisis. Muchos vecinos de la ciudad empiezan a poner en tela de juicio la influencia benéfica del turismo. Entre los problemas, destaca el bajo civismo de un subtipo de turismo conocido como “de borrachera”, que ha crecido al amparo de los vuelos de bajo coste y que deja pocos ingresos, especialmente patente en barrios como la Barceloneta. O la subida de precios ocasionada por el establecimiento de extranjeros de alto nivel adquisitivo, atraídos por la capital catalana como nuevo lugar de residencia. La gentrificación de los barrios tradicionales como el Raval o el Born, que “expulsa” a vecinos de toda la vida de sus barrios natales. La sensación de masificación de los barrios más transitados como en Ciutat Vella. La pérdida de identidad en una época de exaltación identitaria. Estos problemas han llevado a que emerja la turismofobia, un movimiento que se opone por ahora con pintadas y acciones simbólicas a los turistas que rinden visita a la ciudad.

Es época de reflexión y la 22 pretende hacerse eco de este momento de cambio de modelo. Asimismo pretende dar voz a otros tipos de turismo más alternativos o periféricos respecto al modelo tradicional de masas que ha imperado en la gran metrópoli mediterránea. Morir de éxito o transformarse. He aquí el dilema.

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